Amaya Valdemoro (Alcobendas, 1976) se camuflaba estos últimos días entre los peregrinos que recorren el Camino de Santiago en un tránsito de cinco etapas. En Ourense, punto de partida de su ruta con el proyecto «El Camino acaba en Obradoiro», recibió la bendición de otra leyenda del baloncesto patrio como Juan Antonio Corbalán.

«Es la primera vez que lo hago, y algo bueno tuve que hacer en la vida para que me regale esta experiencia», apunta la excapitana de la selección. Siete kilómetros de cuestas pusieron a prueba su aguante inicial, y Amaya echa la vista atrás para recordar las graves lesiones que jalonaron el tramo final de su carrera. Pero los superó. Por su cabeza parecen pasar dos cosas: un torbellino de pensamientos en constante ebullición y la convicción de no rendirse. «Soy obsesiva, y muy perfeccionista», apunta.

-¿Un ganador nace siéndolo o se adiestra para serlo?

-Se nace. Es verdad que puedes querer algo con mucha ambición, pero no se enseña, es algo innato. Ocurre lo mismo con el liderazgo, porque hay muchas formas de ejercerlo. Por ejemplo, Laia Palau es líder en la selección y yo también fui líder. Y ambas tenemos una personalidad diferente. Es algo que tus compañeras escogen dentro y fuera de la pista.

-¿Qué canasta pasa más veces por su cabeza?

-Tengo que decir que la última del Mundial del 2010 ante Bielorrusia, en el que conseguimos la medalla de bronce…

-Hábleme de su madre.

-Hay un gesto que yo hacía durante los partidos cuando anotaba un punto. Levantaba el dedo índice hacia arriba. Y había quien creía que era una reivindicación, como si dijese: «Yo soy la mejor». Y no se trataba de eso, sino de algo que mi madre me explicó antes de morir, durante una conversación que tuvimos.

-¿Queda algo de la chica que debutó en la élite siendo apenas una adolescente?

-Pues creo que sigo siendo bastante inocente. Y también humilde. Por mi forma de jugar, por cómo lo vivía, creo que podría interpretarse al revés, pero estoy orgullosa de que no he cambiado mucho. A estos niveles, debes tener los pies en la tierra.

-Cuando se fracturó las dos muñecas, ¿qué le llevó a no decir basta?

-No quería retirarme con una lesión. No podía irme así. Y luego, hay que sumarle la fuerza interna que te empuja cuando eres deportista.

-Usted llamó al Canoe para ofrecerse y seguir en activo.

-Interiormente, yo sabía que aquel era mi último año y que me iba a retirar. Llegaron ofertas de Italia, Croacia y Rusia, pero no era lo que me apetecía en ese momento. Lo que el cuerpo me pedía era prepararme para el Europeo de Francia y llegar en condiciones. Así que regresé.

-Un tercio de las jugadoras españolas que ganaron el último Europeo no habían nacido cuando usted debutó como profesional. ¿Qué le dice eso?

-Pues lo primero, que ya soy muy mayor [risas], pero que también algo hice bien para que me pregunten sobre esto en concreto. En todas las generaciones hemos tenido muchísima suerte en el relevo que hemos tenido. Yo llegué cuando Mónica Messa y Carolina Mújica. Junto a Laia, fuimos aprendiendo y las que vengan tras ella serán magníficas también.

-¿Cómo es ver a excompañeras como Laia Palau al otro lado del televisor?

-No se me hace raro. La vida del deportista es realmente corta, y a ella la veo con la misma ilusión y las ganas de siempre. Estamos viviendo una época impresionante en el baloncesto femenino, y ella sigue ahí porque tiene la calidad y un cuerpo privilegiado. ¡A veces te paras a pensarlo y tiene casi 40 años! Lo que más me sorprende es cómo le aguanta todavía el cuerpo: genéticamente ya tiene una capacidad impresionante, pero es que ahora mismo está muy bien físicamente. Al final, eso está relacionado con cómo gestionas tu cuerpo. Ella lo explota de forma perfecta, y por eso las lesiones la respetan. Tiene que ver con el cuidado personal y los entrenamientos. Siempre cumple: es inteligente, y jugando de base sabe dosificar su cuerpo. Por ejemplo, ahora no salta tanto, pero lee mucho mejor el baloncesto. Por eso tiene merecidísimo todo lo que le está pasando.

Pablo Varela
lavozdegalicia.es