Las ganas de Paloma González (Vigo, 1999) de comerse el mundo disfrutando baloncesto en Estados Unidos se fueron tornando poco a poco en angustia y desesperación. La aventura de la joven perla de la cantera del Celta en el Minnesota duró cuatro meses en los que perdió el entusiasmo por su deporte, llegando a rechazarlo, y haciendo las maletas de nuevo para volver a casa en diciembre del 2017. Pasado el mal trago, lo recuerda desde las ganas de volver a empezar de cero, de volver a jugar.

Cuenta la deportista que al poco de llegar tuvo la impresión de que la vida que le planteaban era «inhumana». Pero nada más decirlo, se corrige: «Es una palabra muy fuerte, pero sí que la sensación es que había una relación estrictamente de intereses: te queremos en la pista como un toro, que seas una bestia; fuera de ella, nos desentendemos». Todo lo contrario de lo que le habían presentado cuando fue a conocer el club el año pasado, un proyecto donde eran primordiales los estudios y la adaptación a su nueva vida.


«No toqué un libro en cuatro meses», confiesa. Aunque en teoría iba a estudiar márketing, se encontró con que los planes para ella eran otros. «Me dijeron que el primer año estudiara inglés y luego ya se vería», lamenta González, que precisamente había superado exigentes pruebas de idiomas para poder acceder a la beca. «Me pusieron en una clase con asiáticos que prácticamente no hablaban inglés. Casi no había comunicación. Prácticamente me quedaba dormida», revela.

En esa tesitura, echaba de menos otro ámbito diferente al deporte donde desarrollarse. «Llega un momento en que te saturas, toda tu vida gira en torno al baloncesto», señala. Y repasa una rutina que comenzaba estando en pie a las 6.00, entrenando y disfrutando de un descanso mínimo antes de volver a entrenar. «El cuerpo te dice basta. Estaba llegando a un límite físicamente que no podía soportar y no había manera de remediarlo. No me entendían», explica.

Para colmo, sus rodillas se resintieron y tuvo que jugar «con unas rodilleras que parecía un robot». Todo mientras la alimentación le pasaba también factura. «Tomábamos a todas horas mucha comida a la que no estaba acostumbrada y estaba cogiendo mucho peso, masa muscular. No me sentía cómoda ni feliz», recalca. Repite la palabra «saturación» y lamenta lo poco que duraron las buenas sensaciones: «El primer partido recuerdo salir muy ilusionada. Luego, a medida que pasaban los días era como ‘mierda, tengo que entrenar’ o ‘mierda, que tenemos partido’».

Paloma considera que parte de la culpa es suya. «Igual me fui un poco a las bravas», apunta. A su vuelta ha sabido de muchas otras jugadoras con experiencias negativas que no habían llegado a sus oídos antes de irse. «Hubo un momento en el que me convencí de que si no tenía claro que quería estar ahí y no tenía un objetivo, no quería quedarme para sufrir», reflexiona. Un sufrimiento que le quiso ahorrar a sus padres ocultándoles lo que pasaba hasta estar convencida de que no podía continuar.

Ahora la viguesa piensa en retomar los estudios el curso que viene y en volver a jugar, pero en España. Ha vuelto a recuperar su pasión por el baloncesto. «Los primeros meses no quería saber nada, recibía ofertas para acabar la temporada y no las escuchaba. Ahora tengo la ayuda de un representante y espero poder volver», anhela. Entre las cosas que aprendió de su experiencia en Estados Unidos está que no hay que tener prisa. «Quiero empezar de cero y hacer las cosas bien. Con 19 años tengo todo el tiempo del mundo».

En Estados Unidos, comenta por una parte, lo tenía todo, «ropa bonita, las mejores instalaciones del mundo, la residencia más guay de todo Estados Unidos...». ¿Qué faltaba entonces? Por una parte, sentirse valorada. «Me trataban como la pobre extranjera, cuando yo venía de muchas experiencias en mundiales y europeos con la selección y de pobrecita no tenía un pelo. Considero que podía ser importante en la pista y me trataban como si fuera de minibasket». Pero sobre todo le faltaba, asegura, «una vida real». «Necesitaba un amigo, salir y distraerme, ver a mi familia, ir a comer un domingo. Aquello era una vida irreal, algo que no es vida para la gente normal».

«No hace falta ir a Estados Unidos para tener éxito»

A raíz de su experiencia, Paloma envía un mensaje a las jóvenes baloncestistas que se puedan ver tentadas por la aventura americana. «Me gustaría que se supiera que no hace falta ir a Estados Unidos para tener éxito. Estoy notando una especie de obsesión por ir allí en las chicas que vienen detrás de mí, las del 2000 o 2001, que parece que lo ven como el único camino», analiza.

La viguesa recomienda «pensar bien la decisión» y no irse «solo para fardar» ante los amigos. «Después pasa lo que pasa, y no es recomendable para nada una experiencia como la que yo he vivido», advierte. A día de hoy, sabe bien que su caso no es único, incluso había compañeras en su mismo equipo, aunque estadounidenses, que estaban pasando por idéntico trance.

Admite que en su caso, al jugar en la selección, tenía mucha gente encima empujándola a dar un paso que, no obstante, en su día dio convencida, pero quizá no lo suficientemente consciente de a lo que se exponía. «Las compañías que llevan allí a las niñas siempre te dicen que tú encajarías muy bien aquí o allá, que podrías hacer esto y lo otro. Son cosas que a todo el mundo le gusta escuchar independientemente de cómo seas», valora. Porque en su caso se considera una persona «con la cabeza bien amueblada»: «Nunca me lo creí, pero igual sí que me dio pie para marcharme como si fuera aquí al lado, y no es así».

En el primer momento que planteó que quería irse le cerraron por completo las puertas, le respondieron que era imposible hasta el final de la temporada. Al segundo intento se resignaron: «Ya se desentendieron por completo de mí hasta el punto de que el último día me tuve que buscar la vida para ir al aeropuerto», rememora.

Casi medio año después, sabe que hizo bien en volver porque aquel no era su sitio. «Solo espero volver a disfrutar con el baloncesto. Sería muy triste tener que tirar por la borda el trabajo de tanto tiempo por una mala experiencia». 

 

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