Sabe lo difícil que es conseguir cualquier reto por el hecho de ser indígena. Por ello se ha impuesto convertirse en referente motivador para los niños y niñas nativos americanos que lo quieran. Caitlyn Ramírez, la pivote de Cadí, les ofrece una foto firmada y un manuscrito personalizado. En menos de un mes ya lleva más de cien cartas mandadas por correo postal desde la Seu d’Urgell a otros tantos rincones de los Estados Unidos.


Cuenta que siempre ha querido ser una mentora para niños y niñas. Una inspiración para la juventud. Lo dice ella que apenas tiene 23 años. Caitlyn Ramirez vive en la Seu d’Urgell su primera aventura baloncestista profesional. Deportivamente, la pivote de Cadí la Seu está inmersa en la dinámica positiva que vive el equipo. De hecho, su adaptación y el paso adelante que ha hecho ella junto a todas sus compañeras les ha situado, provisionalmente, en posición de play-off. El basquet junto a la religión han sido las dos herramientas usadas para esta amerindia nacida en Shawnee -del mismo nombre que la tribu de la cual desciende-, en Oklahoma, para realizarse como persona. “Siempre he tratado de mantener la cabeza alta, pero hay veces que esto no siempre era posible, no siempre era fácil.”

En el regazo de la sierra del Cadí -que da nombre al patrocinador del equipo y al equipo mismo-, Cate ha encontrado un buen lugar para poner en marcha una iniciativa con la que apoyar a los jóvenes nativos americanos. Por ahora una campaña más de corazón que otra cosa: ofrece una foto firmada y un manuscrito original con un mensaje personalizado a aquel niño o niña de los Estados Unidos que desee perseguir obstinadamente su sueño. A través del deporte si puede ser. Pero no exclusivamente. En menos de un mes ya ha mandado más de cien cartas. Firmadas de su puño y letra. Y enviadas, poca broma, por correo ordinario des de la ciudad pirenaica catalana. En la Seu, dice, se siente bien y bien tratada. De hecho, no se ha movido de ella ni cuando con las ventanas FIBA hubiese podido viajar a su casa.

Perseguir un sueño siempre

Entorno a Navidad, a través de las redes sociales, pedía sugerencias, ideas, de algo que estuviera a su alcance para ayudar a los más pequeños. Pocas semanas después anunciaba que había imprimido unas cuantas fotos suyas y que las mandaría a aquellos niños o niñas que le hicieran llegar su deseo de tener una de aquellas imágenes con una dedicatoria. Claro está, le tenían que explicar antes quienes eran y qué sueño persiguen. “Estoy alentando a niños y niñas de todas las razas de cualquier estado de los Estados Unidos para que persigan sus sueños ya sea en el deporte o en lo que sea. En pintar o en escribir un libro. Pero que persigan ese sueño siempre”, explica Caitlyn Ramirez, la segunda jugadora de origen indígena que en pocos meses recala en la Seu. En el tramo final de la temporada pasada vistió la elástica del equipo catalán Jude Schimmel, una auténtica celebridad para los jóvenes nativos.

Ramirez aun está lejos de lo que es Schimmel. Pero por ambición y compromiso no queda ni quedará. La jugadora de Shawnee formada en la universidad de Troy, en Alabama, cuenta que “como mujer nativa americana no veo muchos americanos esforzarse porque ‘lo normal’ es que los nativos no tengan éxito”. “Si buscáis estadísticas, veréis que es muy bajo el número de americanos nativos que han llegado al éxito”, añade. Y ella dice querer empeñarse en cambiar esa mentalidad. En cierto modo, por eso ella se ofrece como eventual referente. Como modelo de lo que puede conseguir alguien que desde la nada ha llegado a algo. Por ahora, a ser profesional del baloncesto. Su meta. O uno de sus retos, al menos. “Crecí sin tener ningún espejo donde mirarme, ningún modelo”, explica. “Tuve muchos problemas familiares y no tenía ninguna forma de hacerles frente. Todo lo que tenía era a Dios y al baloncesto. Por este orden”, mantiene convencida.

De fervientes y profundas creencias religiosas -“crecí yendo a la iglesia todos los domingos y miércoles, y estudiando la Biblia los jueves”- que aún hoy le delatan cuando habla, cuando escribe, se aferró al mundo de la canasta para intentar llegar al éxito sin renunciar a otros menesteres. “Soy la primera de mi familia en graduarme con un título de cuatro años (criminología) y un master. La universidad nunca fue una tradición familiar, claro es. De hecho como la gran mayoría de las familias” indígenas. No le fue nada fácil por compendio de cosas tirar para adelante los estudios y el deporte. “Nadie cree que sea una nativa americana porque mi apellido es ‘Ramirez’. Cierto, también tengo raíces mexicanas. Y, de hecho, me siento orgullosa de ser quien soy: una nativa americana mexicana. Pero las dificultades que tuve lo fueron por ser de origen indígena y no disponer de los recursos necesarios para obtener la ayuda que me hacía falta.”

Perder el padre a los 17; embarazo a los 19

Las dificultades que debió afrontar fueron una mezcla de muchas cosas. Crecer en medio de la pobreza, tenerse que hacer cargo de otros hermanos menores, perder el padre -policía, su gran referente- con diecisiete años… “Fue una pérdida horrible para mi. Mi vida no ha estado la misma desde entonces.” Otro cambio no menos importante pero más feliz a la larga le vendría poco después. Un embarazo a los diecinueve. Sí, Caitlyn es madre de una niña que va para los cuatro años. De aquí que tenga aún mayor conciencia y proximidad con lo que ella denomina la ‘juventud’. Como si ella no lo fuera aún. Sabe que los ‘embarazos jóvenes’ como el suyo tensan los hogares. Suponen una nueva prueba. Más aún en sociedades en las cuales “las mujeres deben cuidar de la familia y eso deja a las abuelas y las generaciones mayores con la responsabilidad de tirar para adelante a sus nietos”. Más o menos, su caso personal.

Caitlyn Ramirez suele ser una habitual en las gradas del pabellón de la Seu para ver los partidos de los equipos de la base del Sedis Bàsquet. Siempre que sus obligaciones con el primer equipo se lo permiten, se deja caer por el recinto deportivo. Su lema es algo así como ‘yo apoyo a quien me apoya’. Y no es poco habitual verla ajetrear con jugadoras de los equipos inferiores del club. Durante el verano pasado, ya habiendo firmado por Cadí pero sin saber ni mucho menos que le esperaba en su primera aventura en ultramar, Ramirez participó en un torneo para combinados indígenas en Canadá. También departió muchas horas con el equipo dónde juega su hermana menor. Este próximo verano viajará a Vancouver para participar en un campus juvenil. Y también tiene previsto hacer lo mismo en Oklahoma, Alabama y, posiblemente, en Texas.  

“Ahora que estoy jugando como profesional, me gustaría ser una inspiración para los niños. Para la juventud. Y lo más importante es que los niños nativos sepan que aunque no será fácil, si creen en ellos, como yo creí en mi, si persiguen su sueño, lo pueden conseguir”. Y eso es lo que les cuenta en los manuscritos que les manda. Una foto firmada y un texto halagador, alentador. Y eso sí: un pasaje de la Biblia que les pueda servir de inspiración. Ya lleva más de cien cartas mandadas. “Sólo quiero ver un cambio en la mentalidad de los niños y niñas nativos americanos. Y que ellos puedan llegar también al éxito.”


TONI SOLANELLES MOLLAR
LOKOS X EL BALONESTO FEMENINO (LA SEU)