Laura Nicholls (Santander, 1989) era «una niña hiperactiva que no se estaba quieta». La subcampeona olímpica de baloncesto pasaba mucho tiempo con su abuela y «de pequeña no paraba en casa». Se pasaba «casi todo el día en la calle». En la misma calle, el mismo barrio y el mismo portal, por cierto, en el que vivía una campeona olímpica: Ruth Beitia.

La joven Laura practicó varios deportes durante su infancia. Pasó por la natación, gimnasia rítmica e incluso coqueteó con el tenis de mesa. Sus comienzos en el baloncesto «no fueron nada buenos». Le aseguraron que no valía y lo dejó: «Que no se me daba bien, decían».

Entonces probó con el balonmano, que era el deporte de tradición familiar -el de su padre, Alfonso Nicholls exjugador y exentrenador del Balonmano Colindres- y no fue nada mal la experiencia. Se le daba bastante bien. «No es bueno que yo lo diga, pero era así». Sin embargo, cuando ya no pudo jugar en equipos mixtos lo dejó. Se vio obligada a abandonar. Entonces volvió a fijarse en el baloncesto. «No tenía ningún tipo de objetivo». Recuerda que se presentó al primer entrenamiento «con la equipación de fútbol del Barça»y cometía errores debido a la influencia del balonmano: «Hacía pasos de salida». Enseguida superó las dificultades y en poco más de un año ya era «bastante buena». Al principio, «una jugadora peculiar que saltaba bien, que destacaba por su físico, pero que tiraba mal e incluso lanzaba el balón por encima del aro». En la temporada 2002-03, como cadete, jugó en la Asociación Deportiva Amide de Camargo (Cantabria), y en 2004, como júnior, fichó durante un año por el Segle XXI.

Su paso por la Residencia Blume, donde estuvo entre los 14 y los 18 años, lo recuerda como «una experiencia dura». «Estar lejos de casa, apartada de los míos, en un mundo competitivo e incluso separada de las de mi edad -le adelantaron un año- fue una etapa difícil, pero que he aprendido a valorar a la larga».

Recuerda especialmente esos entrenamientos «a diario a las siete de la mañana», que define como «terribles» para alguien como ella, a quien le costaba madrugar. Nunca se había planteado el baloncesto como profesión -«Jugaba porque me divertía»-. Vivía, como sigue haciendo ahora, «pensando sólo en el día a día», y no sabía, ni le «daba importancia», a lo que vendría después.

No fue hasta los 18 años cuando fue consciente de que podía hacer del baloncesto su forma de vida, cuando la ficharon en Vigo. Con 13 o 14 años «no valoraba como se merecen esas experiencias, por ejemplo, eso de ir tan joven a la selección». Antes de la Blume, por ejemplo, «jugaba en la calle con un balón de fútbol». Era «un poco inocente, como los niños de antes, que jugaban por jugar». Y así pasaban los días, jugando «con los pantalones rotos». «Mi madre tenía que llamarme hasta tres veces para que entrase en casa», recuerda con una sonrisa al rememorar otros tiempos.

Es más, nunca vio baloncesto porque no se sentaba siquiera a mirar la televisión, así que no conocía a ningún jugador. No tenía ni idea de quien era la popular Amaya Valdemoro, con la que se cruzó una vez. Cuando le dijeron: «Esa es Amaya Valdemoro», respondió: «Ah, pues muy bien».

Solo «quería hacer deporte, sin más», y si ahora es metódica en sus hábitos, en los comienzos «no lo era». «Comía cocido o lentejas o filetes rebozados antes de ir a jugar. Nunca me hubiera imaginado pidiéndole a mi madre o a mi abuela que me hicieran quinoa con doscientos gramos de no se qué cosa».

Nadie en especial la ha marcado como jugadora, ya que «aprendí de mucha gente». Lo que siempre tiene presente es un consejo de su abuela que siempre la ha ayudado: «Tú haz lo que quieras, pero lucha para ser la mejor». Es decir, que hay que ser responsable e intentar ser siempre la mejor versión de uno. Se considera una persona con valores, que asume sus fallos aunque a veces le cueste reconocerlos, y que afirma que «lo que sirve para la vida se puede aplicar a la cancha, porque de lo que se trata es de ser personas, por encima de todo».

A los niños que sienten deseos de jugar al baloncesto les anima sobre todo a que «se diviertan y piensen en el bien del grupo, no en el propio».

Adela Sanz
foto: András Fernández
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