Las victorias no se celebran sólo sobre la pista cuando vas a recoger un trofeo. La envoltura también es relevante, casi tanto o más. La relación de Girona con el baloncesto no ha sido siempre de enamoramiento. Hubo un tiempo en que incluso la ACB nos pareció pequeña y quisimos asaltar el cielo con el mismo resultado que Ícaro cuando se acercó al sol.

 

No hay copa en el mundo que pueda igualar una noche como la de ayer. La sensación que venían desde Salamanca no a robarnos archivos, esta vez, sino media liga hizo que la utópica unidad republicana se convirtiera en una realidad, aunque sólo fuera para ver Goliat morder el polvo de nuestra tierra.

Y de Madrid, siempre de Madrid, nos llevaron tres árbitros que se veía de horas lejos que tenían las mismas ganas de ser neutrales que Marchena y compañía. Pero he aquí la magia de Fontajau y el baloncesto. Cuando tienes jueces con la vena tan destapada nadie desperdicia, ya fe de Dios que nadie lo hizo, la oportunidad de darles la opinión sobre qué pensamos de su justicia, no sólo la que impartieron en Fontajau sino en sesiones anteriores. Y al final, incluso, ellos terminaron bajando la cabeza ante el arrebato gerundense, mucho más poderosa que la cordura, que de poco sirve en días como este.

Casi todos los instantes fueron para disfrutarlos. El rojo, ya estaba avisado el enemigo, no es precisamente un color de paz. Entre eso y los tambores de guerra que empezaron a sonar media hora antes dejaron corto cualquier domingo de fútbol directo en Anfield. El 2-0 de Reisingerova sonó como el cañón de Palamós en sus mejores tiempos. Cada decisión considerada mínimamente arbitraria (nunca mejor dicho) fue protestada, silbido y atronada hasta el último aliento. Cada recuperación de pelota era un victoria en campo abierto y las acciones brillantes eran celebradas como las grandes sotanas de Messi en el Camp Nou.

Tendremos que revisar ese tópico del infierno cuando alguien jugó en Grecia o Turquía. Todo gran ejército puede tener algún día su Waterloo aunque viaje con la caballería más temida del continente. La comunión de diferentes fuerzas con un mismo objetivo en un lugar y un momento determinados ha cambiado el curso de muchas historias y, de hecho, de la humanidad entera.

Y si empezaba esta pequeña crónica hablando de la relatividad es que como buen catalán estaba convencido de vivir una nueva derrota honrosa. Pero justo ahora Fontajau bota delante. Un pequeño movimiento sísmico antes de completar una proeza digna de Ulises. Esto sí que es llegar a Itaca y tener una fe que mueve montañas. Casi tocamos la copa con los dedos y la gente todavía desgañita en los últimos ataques castellanos, ya con los brazos bajados.

La fiesta probablemente será interminable, pero ahora y aquí nadie olvida que la libertad de Cataluña -ahora que tenemos el trofeo al saco- está aún en peligro. Somos campeones, sí, pero queremos la libertad de nuestros presos. Lo llamamos bien fuerte a ver si, como mínimo, los amigos de Teledeporte también lo pueden escuchar bien alta.

LLuis Simon
foto: J. Sabater
lesportiudecatalunya.cat
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