Pasar «casi más horas en el pabellón que en casa» casi desde que naces es lo que tiene: que Álvaro y María, los hijos del director deportivo del Celta de baloncesto, Carlos Colinas, y de la entrenadora del primer equipo, Cristina Cantero, ya apuntan también hacia la canasta. El mayor, de ocho años, juega en Maristas, mientras que su hermana, de tres, es la benjamina del grupo de iniciación del club en el que trabajan sus padres. Que los pequeños practicaran el baloncesto no era un objetivo que el matrimonio se hubiera marcado, pero coinciden los dos progenitores en que «parece que cae por su propio peso».

La mejor prueba de que ni a una ni a otro les obsesionaba que sus críos estuvieran vinculados al deporte que a ellos les apasiona es que Álvaro empezó con el fútbol. «Iba dos días y al mismo tiempo venía conmigo al pabellón. Empezó yendo una vez a la semana a las escuelas de Maristas hasta que nos dijo que quería más días de baloncesto y lo cambié», recuerda Cristina. Incide Colinas en que «para nada es una situación dirigida de que tiene que hacerlo sí o sí porque sus padres llevan en esto toda la vida».


En cuanto a María, de tres años y medio, está siendo su primera temporada. Una hora a la semana con el grupo de cuatro y cinco años en el que se aproximan mediante lo que llaman predeporte. «Aguanta muy bien la hora pese a ser pequeñita y lo disfruta, que es lo importante y lo bonito, independientemente de que con el tiempo se acabe enganchando o no», comenta la entrenadora del Celta de Liga 2. Y cuenta orgullosa que la niña ya ha adquirido el sentimiento de identificación con el grupo. «Con el álbum de cromos que hicimos se sabe el nombre de todas sus compañeras y repite: ‘Este es mi equipo’. Eso para ella es fundamental».

Colinas y Cantero insisten en dos puntos clave en lo que intentan transmitir a sus hijos: no sería ninguna decepción que Álvaro y María dejaran el baloncesto, pero sí que renunciaran al deporte. «Creo que tiene que formar parte de su vida, que forma parte de las actividades que un joven o adolescente debe realizar, ya sean idiomas, música o arte», indica él. Su mujer piensa exactamente lo mismo: «No sería un problema que no siguieran, pero tengo claro que tienen que hacer alguna actividad deportiva. Si es otra disciplina, les animaremos igual, no tienen que practicar a la fuerza baloncesto», cuenta.


Un pacto

Cuando los pequeños comenzaron a hacer deporte, Carlos y Cristina llegaron a un pacto secreto que ahora él revela: «Quedamos en no hacerles ningún tipo de observación técnica, de separar bien las dos facetas. Creo que a ella le cuesta un poco más», confiesa Colinas, que asegura que cuando su esposa cae en la tentación de «hablarle al mayor sobre el detallito del bote o de cómo sujetar no sé qué», él huye para que no le ocurra lo mismo.

Ella comenta que también hace esfuerzos por controlarse. «Tengo que ser su madre, no su entrenadora, para eso ya tienen a sus técnicos que les corrigen e intento mantenerme al margen», dice. Está abierta a ayudar en lo deportivo si sus hijos se lo piden, pero por ahora no es el caso. «Álvaro no tiene esa inquietud de mejorar cosas concretas. Quiere jugar y divertirse y cuando me busca es para eso. Hago la función de madre de pasarlo bien con él, que es lo que me toca».

Colinas, de hecho, es contrario a que los padres sean entrenadores de sus hijos en cualquier deporte, porque está convencido de que no hay ningún aspecto positivo en que sea así. «No beneficia en nada. Nosotros tenemos que ser soportes vitales y emocionales, solo les hablaré de baloncesto de corazón, de lo que vale para el deporte y para la vida, nunca de cuestiones técnicas», señala.

El que quizá vaya para entrenador en el futuro, cuentan los dos entre risas, es el propio Álvaro. «A base de escucharnos a veces tiene tendencia a hacer comentarios como de entrenador y a mandar. Ve muchos partidos con nosotros en casa, nos escucha comentarlos y se queda con la copla», indica Cristina. Aunque les hace gracia ver que va cogiendo el gusanillo, recuerda que «hay que evitar que sea entrenador antes de tiempo» e insiste en la necesidad de que se centre en disfrutar.

De momento lo de ver partidos in situ se les da regular. Los dos pululan por los pabellones como si estuvieran en su casa, pero que se detengan a ver el juego es más complicado. «Álvaro se para un rato y si está igualado se queda más», cuenta Cristina. El planteamiento de María es muy diferente: «Sabe cuáles son mis jugadoras, convive con ellas. Pero su ilusión es que acabe el partido venir corriendo a buscarme».

El deporte que les dio todo

En el pasillo de los Colinas Cantero hay una canasta con la que los pequeños juegan constantemente. «Álvaro está dándolo todo todo el día», relata Cristina. Y le recuerda a su propia familia, donde sus hermanos jugaban y también tenían una canasta en el patio. «Yo no empecé temprano, pero fluyó todo rápido. Y ahora todos mis sobrinos juegan también», celebra. Colinas, sin precedentes en su familia, lo vive con satisfacción. «El reto no es que los niños jueguen mejor o peor, sino trasladarles la parte buena deporte, que a mí me lo ha dado todo en la vida», finaliza

Miriam Vázquez Fraga
foto: X. C. Gil
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