Jordi Aragonés Pose es uno de esos gallegos que triunfan fuera de nuestras fronteras y a los que el destino parece querer negarles la repatriación, haciendo crecer sus raíces donde solo buscaban unos rayos de sol para abrirse camino en el bosque. Porque más allá del espaldarazo definitivo a una carrera superlativa, Polonia le ha regalado al preparador físico vilagarciano su familia. La que uno construye con mimo y cariño adosado al clan de serie con el que se cría; con Kinga y su pequeña Alice como epicentro. Con el Wisla Can Pack Cracovia permitiéndole compaginar vida y obra en un equipo en el que firma su segunda etapa, en el que cumplirá su séptima temporada con media docena de títulos en el baloncesto femenino polaco y dos fases finales de la Euroliga, y en el que ha tenido carta blanca para formar parte de una selección femenina española de leyenda, con la que Aragonés se ha eregido bicampeón de Europa, bronce continental, y subcampeón del Mundo y Olímpico en los últimos 5 años.

La familia rige el orden de prioridades de Jordi. Anteponiendo cuando fue menester los suyos a los suyo. «La estabilidad que tengo hoy, con la familia de Kinga de Cracovia, me parece más importante que cualquier oferta que se me presente. Lucas Mondelo -el Odiseo que ha enfilado el barco de la selección en su quinquenio de gloria- me llamó cuando entrenaba en China, y ahora en el Kursk, y se lo agradezco mucho. Pero en el Wisla también compito en Euroliga, y por lo máximo en Polonia. Y en lo económico no hay tanta diferencia», apunta Jordi.

Un apego a las raíces que sitúa el Eurobásket conquistado a Francia en suelo galo en el 2013 como su Momento en su largo listado de éxitos. No por ser el primer hito de la selección de Jordi, sino por su madre, Teresa, cuya grave enfermedad lo llevó a regresar a Vilagarcía en los cuartos de final, volviendo con la selección justo para el partido por el título. Diez días después Teresa se iba, y cerrada su primera etapa en el Wisla, su hijo y Kinga se mudaban a Vilagarcía para ayudar a sobrellevar el trance en la familia. Dos años de paréntesis profesional con vuelta a Polonia, ya con Alice.

El destino llevó al preparador físico a conocer en Polonia a su compañera de vida, una aficionada local del Wisla, como antes a que fuese vilagarciano. De padres profesores, Jordi nació en Santiago, vivió sus dos primeros años en Chantada, y tras un curso en Verín, creció hasta los 10 en Cambados. Con sus progenitores logrando plaza en Vilagarcía, de allí se siente el que fue «un niño tímido», hoy reconocido por su condición de animador por cuanto equipo pasa.

«Sí, dicen que es una cualidad que tengo, sacar una sonrisa a la gente. Me gusta fomentar el buen ambiente», cuenta Aragonés. Eso, y su fluidez con el inglés que aprendió de su padre, profesor en la materia, añadió dos pluses a su calidad como preparador físico para triunfar en el baloncesto, una pasión que practicó de chaval en el Liceo.

La primera oportunidad en el baloncesto la halló Jordi en un Xuven que quería abrirse paso por primera vez en EBA. Recién licenciado en INEF en A Coruña, Andrés Aragunde lo sumó a su cuerpo técnico. Pero destituido este en Navidad, Jordi se sintió obligado a dejarlo también. Miguel Ángel González, amigo de la familia y presidente del Cortegada, apostó entonces por él, abriendo «una etapa increíble» de 7 años, recuerda Aragonés, trufada con un título de LF2, participaciones en la Copa de la Reina y el debut en la Eurocup; compaginado con un trabajo de técnico en la Fundación de Deportes local.

Comienza el gran salto

En el último partido de la fase regular de la Liga Femenina 2007/08 José Ignacio, el entrenador del Perfumerías Avenida, «se acercó a mí, y me dijo que necesitaba un preparador físico que supiese inglés, y que Taru Tuukkanen y Clara Bermejo, que habían jugado en el Extrugasa, le habían hablado de mí. Ese día me quedé en shock». Las semanas hasta el final de los play-offs y la llamada definitiva desde Salamanca «fueron de muchas dudas», rememora Jordi, sobre todo «porque iba a perder el contacto con mi gente». Pero el apoyo de todo su entorno lo convenció de que «era un sueño, y algo que tenía que agarrar».

Así se convirtió José Ignacio en «la persona clave en mi vida profesional». Hoy «un amigo» que le regaló «mi primera gran experiencia profesional», la Final Four de la Euroliga, en Salamanca. Un año en el que descubrió una ciudad volcada con un equipo, con sendos subcampeonatos de LF y Euroliga. Y con la renovación en el Avenida sobre la mesa, una oferta para acompañar a José Ignacio a un Wisla en busca de un salto de calidad. Curiosamente, «a José Ignacio le costó mucho el sí, a mí, nada». Vecino de su amigo, Jordi se adaptó pronto a Polonia, donde su historia los hizo acreedores de un libro de un periodista local.

Y por el camino, la selección. De nuevo con José Ignacio, recién cesado en ella, y su excompañero de INEF y entrenador del Extrugasa Víctor Lapeña hablándole al director deportivo de la Federación, Ángel Palmi, de Jordi. «Recuerdo los 45 minutos por teléfono con Ángel Palmi, alucinando con lo que se me venía encima». Y lo que se encontró fue con cinco veranos «increíbles». Llegando a donde nunca antes había subido la selección. Permitiéndole alcanzar «el sueño de todo deportista, como yo, vivir unos Juegos, y toparte paseando con Rafa Nadal, o con Michael Phelps comiendo». Pero sobre todo, habiendo formado otra familia. Su definición para un equipo nacional con el que vuelve a soñar mirando a Tenerife, al 2018, y a la idea de ganarle al fin un Mundial a los EE.UU.

Pablo Penado
lavozdegalicia.es