Acaba de graduarse en Maine a la par que se recupera de una lesión y acuna la ilusión de alcanzar la WNBA

 

En el verano del 2016 la jugadora compostelana frisaba la mayoría de edad. Se aprestaba a cerrar una larga etapa en el colegio Peleteiro, en cuyo equipo se inició en el baloncesto, y abrir página en la liga universitaria americana, en las filas de las Black Bears de Maine. Han pasado cuatro años y se acaba de graduar en Kinesiología y Educación Física, una especialidad que combina medicina y fisioterapia. Tiene la oportunidad de extender un curso más su presencia en la aulas y en el equipo, y la va a aprovechar. Si se le presenta la ocasión de dar el salto a la WNBA, quiere estar allí.

Atrás queda un cuatrienio en el que no ha dejado de hacer lo que siempre ha hecho: progresar, perseverar, sumar. Su nombre estará para siempre ligado al de la universidad como una de sus mejores jugadoras. Lo atestiguan marcas personales, distinciones como las de mejor jugadora y mejor defensora o las de integrante del mejor quinteto y del mejor quinteto defensivo de su conferencia.

Sin embargo, lo que más le satisface es ver cómo las Black Bearse consiguieron en dos ocasiones la clasificación para el March Madness, la fase final de la liga universitaria, después de casi tres lustros sin cruzar ese umbral. Palabras mayores. A pesar de su decisiva contribución, siempre ha tenido claro que «en un equipo no debe haber jefes». Jamás se ha arrogado méritos.

Crecimiento hasta la lesión

Desde el minuto uno siguió una línea ascendente, hasta que en los compases iniciales de esta temporada sufrió una grave lesión de rodilla. Se rompió el ligamento cruzado. De inmediato empezó a pensar en la recuperación. No será una campaña perdida. Al menos, tendrá la oportunidad de recuperarla: «He decidido quedarme un año más y cursaré dos carreras menores mientras juego mi última temporada, y es en ello en lo que tengo que concentrarme. Tengo el verano para recuperarme completamente e intentar hacer una buena temporada, y ayudar a mi equipo a ganar un nuevo anillo. Después ya se verá lo que pasa. Me gusta centrarme en el día a día, especialmente desde que me lesioné, ya que nunca sabes lo que va a pasar en un futuro. De momento, mi único objetivo es volver mejor de lo que me fui».

La recuperación avanza por buen camino: «Voy poco a poco, física y mentalmente. En el aspecto deportivo, en estas últimas semanas he empezado a hacer desplazamientos laterales y ejercicios de fuerza; además, comienzo a correr y saltar y a hacer algo de tiro».

Al echar la vista atrás, asegura que no hay grandes diferencias entre la Blanca que se fue a hacer las Américas con 17 años y la de hoy: «En esencia soy la misma, pero sin duda he madurado mucho. Cuando llegué a Maine prácticamente no había salido de mi casa, no había tenido que afrontar sola muchas situaciones. Llegar aquí sin mi familia, que es mi base vital y mi apoyo absoluto, para estudiar en otra lengua, adaptarme a otro nivel de entrenamiento y juego, buscar nuevas amistades, resolver problemas que nunca se me habían planteado... Fue duro. En algunos momentos, como el de la lesión, muy duro. Todo ello te hace cambiar, madurar, ser más decidida, te vuelves más fuerte, pero en el fondo sigo siendo la misma».

De sus palabras, al hacer balance de estos cuatro años, se deduce sin lugar a dudas que ha sabido aprovecharlos: «Me quedo con la experiencia general. No puedo quedarme con algo en concreto porque mi equipo ha sido increíble, desde el cuerpo técnico hasta todas y cada una de las jugadoras, que, como he dicho miles de veces, son mis hermanas. Me he encontrado personas que me acompañarán siempre, diferentes lugares del mundo con sus lenguas y sus culturas de las que he aprendido muchísimo, los viajes que me han llevado a lugares donde no imaginé que podría jugar, nuestro pabellón lleno en cada partido, los dos anillos del campeonato del conferencia, acabar con una carrera y dos carreras menores... Me dejo cientos de cosas y me resulta imposible escoger».

El aislamiento del coronavirus

Lo que no entraba en ninguna hoja de ruta era el coronavirus y el tener que vivirlo en la distancia sin el contacto con los suyos, ni siquiera el día de sus graduación: « Hasta ahora, como en España, todo estaba cerrado salvo los servicios indispensables, como alimentación, sanidad... En todo caso, aunque aquí no se determinó el confinamiento hasta principios de abril, nuestras entrenadoras ya nos recomendaron aislarnos. Ahora, acabamos de entrar en la fase uno que es casi idéntica a la española, y en lo que a mí se refiere me permitirá ejercitarme con uno de los entrenadores. A mi familia siempre la echo de menos en situaciones como esta, y aún más pensando que deberían estar aquí para mi fiesta de graduación».

M.G. Reigosa
foto: Blanca Millán
lavozdegalicia.es