La jugadora compostelana cierra su etapa universitaria como una de las mejores de la historia en las Black Bears de Maine

 

En abril del 2016 Blanca Millán estaba cerrando una etapa en el club de toda su vida, el Peleteiro, y se aprestaba a iniciar una nueva singladura, en la NCAA, en las filas de la Universidad de Maine. Dejó huella en la cantera del conjunto colegial, que con ella como estandarte se asomó a la fase final del Campeonato de España, cuando jugó en los equipos infantil, cadete y júnior.

Tampoco le fueron mal las cosas en Maine. Las Black Bears llevaban desde el 2004 sin asomarse al March Madness, el cuadro final de la competición universitaria. Con Blanca Millán lo consiguieron en dos ocasiones. Y no pudo despedirse con una tercera, como hubiese sido su deseo, porque el equipo cedió en la final de conferencia ante Stony Brook por cuatro puntos: 64-60.

En sus cinco años en la NCAAno ha parado de coleccionar distinciones individuales. Entre otras, fue elegida dos veces mejor jugadora de la conferencia, en 2019 y 2021, y también la mejor en defensa, en las mismas fechas. Nunca nadie había logrado antes ese doble galardón. Todavía opta al premio como mejor jugadora internacional de la NCAA esta campaña, y al Becky Hammon Mid-Major Player of the Year 2021.

La selección se le resiste

Pero hay un dato que probablemente pesa más a la hora de explicar su trayectoria: su infinita capacidad de superación sin perder la humildad. Y su carácter competitivo.

En el año 2016 Blanca Millán fue una de las integrantes de la selección española sub 16 que logró la medalla de bronce en el Campeonato de Europa. Y ahí se vio frenada su trayectoria en el combinado nacional, a pesar de sus buenos números en Maine, de los mejores de su generación.

Se quedó fuera de la lista sub 18. La reclutaron sobre la marcha, por la lesión de una compañera, y se presentó al día siguiente en la concentración. No entró en la convocatoria final. En la sub 20 vio cómo no pasaba el último corte. Y lejos de percibir ambos episodios como fracasos, los recuerda como oportunidades. Siempre está dispuesta a mejorar, y por eso llama a la puerta de la WNBA, aunque sabe que no será fácil franquear ese umbral.

De momento, ha llegado ya a un acuerdo con una agencia de representación y ha presentado toda la documentación para estar entre todas las jugadoras que pueden ser elegidas el próximo 15 de abril.

Si no lo consigue no se va a desanimar, porque no lo ha hecho nunca, tampoco cuando una lesión de rodilla puso fin de manera anticipada a su cuarto año en Maine. Se concentró en la recuperación, ni siquiera pudo volver con su familia el pasado verano, y consiguió permiso para jugar un curso más en las Black Bears. Lo ha completado como líder del equipo en puntos, rebotes, robos de balón y tapones. Y se despide de Maine entre las cinco mejores jugadoras de su historia.

Si la eligen en el draft, seguirá haciendo historia. De lo contrario, tratará de ganarse un hueco en alguno de los equipos en los programas de entrenamiento previos al inicio de la Liga. Nada la haría más feliz, aunque le costase no poder volver a casa por segundo año consecutivo en verano. Es el sueño del que hablaba, tímidamente, en abril del 2016.

En esas está, en una tensa espera a la par que encara los últimos exámenes en la Universidad de Maine. En las aulas rinde al mismo nivel que en el parqué.

M.G. Reigosa
lavozdegalicia.es