En el margen de 43 días, Galicia tuvo influencia en tres títulos del baloncesto de élite: María Araújo en la Copa de la Reina, Raquel Carrera en la Eurocup y Miguel Méndez en la Euroliga. Y de regalo, el mejor puesto del draft de la WNBA para una ourensana que aún no alcanza los 20 años de edad y un ascenso a la Liga Femenina del Universitario de Ferrol para recuperar un derbi, en este caso con el Ensino.

 

No parece que semejante nómina esté al alcance de muchos deportes en Galicia. Sin embargo, el baloncesto femenino, como la inmensa mayoría de las disciplinas practicadas por mujeres, lucha cada día por encender la luz. «En deporte femenino, lo primero es sobrevivir», recordó la semana pasada Carlos Colinas, el director deportivo del Celta, una de las grandes fábricas de talento del básquet femenino en el sur de Europa. Lo sabe mejor que nadie después de que su club se autodescendiese desde la LF1 para asegurar su viabilidad económica.

¿Por qué una disciplina con tantas fichas y tan buenos resultados sufre tanto? ¿Se trata de un problema social y de visibilidad? Seguramente sea algo más sencillo como la cultura deportiva de cada lugar. Se supone que aquellos que logran el mejor rendimiento con los recursos más ínfimos deben tener todo el apoyo del mundo para impulsar sus proyectos, pero en el deporte sigue imperando la política de hechos consumados y la tradición por encima de todo. Por eso da igual que el baloncesto femenino gallego pueda tener dos representantes en Tokio, que el mejor equipo del mundo lo entrene un vigués o que los gurús del baloncesto americano aprendan a pronunciar «Carrrrera».

El mundo de la canasta en femenino siempre estará a varios peldaños del masculino. Y lo peor es que no solo pasa con el baloncesto. La escala de valores, incluso en el deporte de élite, no está cortada por el mismo patrón

Xosé R. Castro
lavozdegalicia.es