Como una Angrboda del siglo XXI, Liz Cambage atrapa un rebote y domina el mundo. No hay nadie tan decisivo en la presente Copa del Mundo. Es una especie de Wilt Chamberlain a la australiana, porque también gasta extravagancias. Recorre la pista botando el balón, con una agilidad insospechada para sus 203 centímetros.

Se abre al perímetro para lanzar. Asiste desde su atalaya. Se cabrea con los férreos marcajes rivales, protesta. Agarra la mopa para secar la pista, como el viernes en pleno partido contra China. Pero después despliega una amabilidad infinita en los micrófonos, con esa en sonrisa que es una seña de identidad.
Destrozó a China (83-42) en cuartos, en un pestañeo. Y hoy será el gran escollo para España. En el primer cuarto ya sumaba 10 puntos. No hizo falta mucho más de su esfuerzo (20 puntos, 9 rebotes y tres tapones en 19 minutos) en pista, que en 24 horas llegan las semifinales. Y esta vez no fue cuestión sólo de tamaño, pues tanto Yueri Li como Xu Han pasan de los dos metros. A Cambage le sobra talento y fuerza. Hace dos años fue la primera mujer en hacer un mate en unos Juegos Olímpicos. Sus promedios en el presente Mundial son escandalosos: 103 puntos en 84 minutos de juego, con casi un 70% de acierto, además de más de ocho rebotes y dos tapones por partido. Si hay alguien que puede desafiar la tiranía del USA Team es ella.

Verso libre

Liz también es un verso libre. En realidad, no hay nada sencillo en ella. Nació en Londres, de padre nigeriano y madre australiana. Al poco se separaron y se mudó a Oceanía con su madre, donde tuvo que superar los prejuicios por su tamaño y el color de su piel. "Mientras crecía, no entendía por qué no era delgada, pequeña y preciosa como las chicas que veía en la televisión australiana. Ojalá hubiera tenido un modelo a seguir de una mujer negra que estuviera orgullosa de ella misma y de su cuerpo, que es lo que quiero ser yo".

El baloncesto fue para ella una vía de escape, pues con 10 años ya alcanzaba el 1,83. Pero tras su aterrizaje en la WNBA no le gustó todo lo que le aportaba. Principalmente en el aspecto económico -últimamente ha vuelto a criticar los salarios bajos: "Hoy he conocido que los árbitros de la NBA ganan más que las jugadoras de la WNBA y que el jugador nº 12 de la NBA gana más que todo un equipo de la WNBA", tuiteó en junio-. Así que no regresó a las Tulsa Shock, sin más. Tras los Juegos de Londres, puso rumbo a China, para ganar cinco veces más. Hasta este año, en el que su reentré ha sido brutal: no sólo ha sido la máxima anotadora y la segunda reboteadora. En julio, en un partido contra New York, despedazó el récord de anotación. Hizo 53 puntos. La siguiente noche, 35.

Toda su potencia en la pista es delicadeza e inquietud fuera. "Me gusta leer, me encanta la música, soy DJ... Me interesa mucho la moda", confesaba estos días. Hay un más allá del baloncesto para Cambage, será porque también comprobó su lado más duro. Las lesiones, la depresión y la ansiedad. A sus 27 años, en pleno apogeo deportivo, es todo sonrisa.

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